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Elogio de las familias sensatamente imperfectas

af Gregorio Luri

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1341,506,150 (4.25)Ingen
Family & Relationship Psycholog Nonfictio Por fin un libro que nos anima a decir: «Basta ya. Soy un padre imperfecto y estoy orgulloso de serlo». Ser padres hoy se ha convertido en una realidad tan compleja que parece difícil dar con las claves para conseguir su buen desarrollo. Pero, antes de perder el norte, empecemos por el principio: no hay familias perfectas, y este libro ha nacido para reivindicar esa imperfección. En una época de confusión y sobreprotección, Gregorio Luri se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío». Este libro va dirigido a quienes tienen asumido ??o a quienes les iría bien asumir?? que son «moderadamente imperfectos». Gregorio Luri quiere animar a estos padres no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana, en el desayuno, se presenten ante sus hijos con la cara descubierta como unos padres orgullosamente imperfectos. Un breve manifiesto para encontrar las… (mere)
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Interesante ensayo sobre cómo enfrentarse y cómo no enfrentarse a algunas de las obligaciones y necesidades que la paternidad (maternidad) trae consigo. Es un ensayo que defiende el sentido común y que no entra en nuevos métodos pedagógicos. Da datos en alguna ocasión y es en general una lectura muy entretenida. La estructura del libro tiene dos partes: un ensayo inicial y una larga lista de los derechos del niño, distinta de la lista de la ONU, que no es sino una excusa para enumerar más de cuarenta puntos relacionados con el desarrollo del niño/adolescente en los que la educación importa. Copiopego algunos pasajes que me han llamado la atención (en negrita los que me han hecho sentir peor padre reflexionar más profundamente):


Comencemos por lo obvio: no hay familias perfectas. Es cierto que algunas, que van de mascarones de proa de sí mismas, quieren hacernos creer que lo son. Conviene no discutirles su espejismo, inclinarnos ante ellas y cederles rápidamente el paso. Si se creen lo que dicen, tienen un problema; si no se lo creen, más de uno.

Estas líneas van dirigidas en exclusiva a quienes tienen asumido que son moderadamente imperfectos, con algún recuerdo de imperfecciones un poco sonrojantes y con algún pico de gloria, pero, en general, trivialmente imperfectos.

Para ser una familia perfecta, ayudaría mucho tener el segundo hijo antes que el primero. Creo que todos estaremos de acuerdo en que esto contribuiría a nuestra confianza y autoestima, a la tranquilidad en el trato familiar, a ver las cosas con una perspectiva amplia, a evitar premuras y juicios precipitados, etc. Pero no parece que los avances de las llamadas biociencias tengan este objetivo en su horizonte. Si pudiéramos detener el tiempo cada vez que nos surge un problema para poder así consultar la solución con un experto, también estaría bien. Podríamos contar con una aplicación en el móvil que pusiera la realidad en una dimensión de suspensión temporal hasta disponer de suficientes garantías sobre la eficacia de lo que debemos hacer.

Los padres siempre se han sentido con menos capacidad de persuasión de la deseada.

Los hiperpadres suelen ser padres con un sentimiento de la responsabilidad a flor de piel y empeñados en hacer por sus hijos todo lo que estos, si se les permitiera ser responsables, aprenderían a hacer por su cuenta.

La responsabilidad familiar continúa desequilibrada. Los hechos siguen mostrándonos que, si bien la madre ha salido de casa para incorporarse al mundo laboral, el padre aún no acaba de entrar de manera significativa. Los más optimistas dicen que se los espera para dentro de poco.

Novelas que marcaron la infancia de los que hoy somos abuelos, como Las aventuras de Tom Sawyer, Las aventuras de Huckleberry Finn o La isla del tesoro, ya no se recomiendan a los niños y en Estados Unidos han sido relegadas a los estudios universitarios.

La aventura —la experiencia aventurera— con todo lo que conlleva de riesgo inevitable, autonomía, azar y libertad, ha desaparecido de la vida de los niños.

Hoy, los adolescentes manejan más dinero que nunca, por lo que su cultura se ha convertido a la vez en un fenómeno sociológico y comercial empeñado en ir ampliando sus fronteras indefinidamente.

En vez de dar la tabarra quisiéramos poder dar consejos motivadores, es decir, que nuestros hijos hicieran siempre de buena gana lo que nosotros desearíamos

En los años setenta del siglo pasado no había apenas diferencias entre el tiempo que los padres de diversa condición dedicaban a sus hijos (hablando con ellos, leyendo juntos, jugando…). En la actualidad, los padres con formación universitaria les dedican un 50 % más de tiempo que el resto.

«esperar que la vida te trate bien porque eres buena persona es como esperar que un tigre no te ataque porque eres vegetariano» (Bruce Lee)

Como dijo una vez un niño en una clase de religión: «Quizá Caín se hubiese llevado mejor con su hermano Abel si hubiesen dormido en habitaciones separadas».

Con frecuencia nos enfrentamos a malos humores imprevistos, a peleas por detalles insustanciales, a malas respuestas, a adolescentes convencidos de que la única ilusión de sus padres es fastidiar a sus hijos... No es fácil enseñar a los hijos a hacer compatibles los hábitos de autocontrol y los de libertad, a respetar las convenciones sociales, a ser progresivamente autónomos, a utilizar el móvil de manera sensata, etc. Las tensiones son, pues, inevitables. Pero hay familias que se enfrentan a ellas a gritos, llevándose las manos a la cabeza, sobrecargando de tensión la tensión ya existente.

Las familias perfectas no tienen problemas, las sensatamente imperfectas intentan enfrentarse a ellos sin aspavientos, las manifiestamente mejorables acaban histerizando dramáticamente cualquier problema.

Cada vez estoy más convencido de que la manera de tratar los problemas es, en sí misma, un factor educativo de primer orden, porque las familias que se enfrentan a ellos con una cierta tranquilidad están dando un ejemplo de confianza en sí mismas y están educando a sus hijos en esta confianza, mientras que las familias que creen que la manera de solucionar un problema es gritar mucho, como si pudieran espantarlo, están educando a sus hijos en la desconfianza. Cuando nos surge un inconveniente ayuda poco a resolverlo dedicarse a insultar a la realidad.


La confianza que una familia normal deposita en sí misma no niega los problemas, pero ayuda a encararlos sin poner en cuestión el amor mutuo de sus miembros. Permite de esta manera proporcionar a los hijos la lección más importante de su vida. Es una lección que sólo se puede aprender en el seno de la familia normalmente imperfecta: la de que podemos ser amados a pesar de nuestras imperfecciones.

En resumen: en una familia sensatamente imperfecta, quererse es siempre más importante que comprenderse.

Desde luego, no me hubiese atrevido a darle consejos a nadie cuando era padre de dos hijos adolescentes y comprobaba que, en algunas ocasiones, la mejor manera de estropear tu relación con tu hijo adolescente es intentar dialogar con él.

¿cuál es el hábito familiar que tiene una repercusión positiva más clara en los resultados escolares de los hijos? La respuesta fue: hacer juntos una comida diaria, sentados alrededor de la misma mesa.

Si les dijera que sus hijos consumen delante de sus narices una sustancia tóxica que deja secuelas en su desarrollo, me dirían ustedes que exagero. Sin embargo, cuando están viendo la televisión a su lado en unas horas en que deberían estar durmiendo, están privándole a su cerebro, con nuestra complicidad, de un descanso necesario e irrecuperable.

Los padres que se adaptan continuamente al mundo de sus hijos les impiden a estos aprender a adaptarse al mundo de los adultos.

Todo niño tiene derecho a no esperar a que venga a visitarlo la motivación para comenzar a trabajar. De la misma manera que los padres, el día que están desganados, no se cruzan de brazos en sus puestos de trabajo esperando que alguien los motive para hacer ameno su trabajo, el hijo debería aprender que hay cosas que hay que hacer por responsabilidad, en primer lugar consigo mismo y, en segundo lugar, con su familia.

Todo niño tiene derecho a pensar. Para poder ejercer este derecho conviene saber que, como decía Platón, el pensamiento no es otra cosa que el diálogo interiorizado. Si queremos ayudar a nuestros hijos a pensar, pongámonos a dialogar con ellos, porque nada estimula más el cerebro que una buena conversación.

Todo niño tiene derecho a subirse a un árbol y, si son de pueblo, a tener una cabaña en un árbol. Este derecho complementa los anteriores. En conjunto pueden resumirse todos ellos de esta manera: quien no ha corrido nunca ni el más mínimo riesgo de romperse un brazo, no ha tenido infancia.

Umberto Eco decía que «somos lo que nuestros padres nos enseñaron cuando no intentaban enseñarnos nada».

Lo que diferencia al hombre con coraje del flojo es que este segundo siempre está diciendo «ya lo haré». El primero lo que dice es «ya lo he hecho».

Estudiar es un trabajo serio e intensivo que con frecuencia cansa, pero si no quieres hincar las rodillas es muy útil habituarse a hincar los codos. Yo no me fiaría de un médico que me dijera que se ha sacado el título sin esfuerzo.

Así como es un poco ingenuo esperar que un tigre no te ataque si eres vegetariano, es también un poco ingenuo pensar que si tenemos un deseo, alguien tiene el deber de satisfacerlo.

Es también de ilusos creer a esos predicadores de espejismos que aseguran que si imaginas «lo que deseas con mucha fuerza, en breve el Universo hará todo lo posible para que lo obtengas».

El escritor Martin Amis dijo en una ocasión que «los nietos son el telegrama de la funeraria».

Si la ocasión lo requiere, suelo dar este consejo: «No tengas hijos, limítate a tener nietos».

Con el esfuerzo ocurre algo sumamente curioso. Los datos nos muestran que su valoración social depende en gran medida del dinamismo de la economía. En los momentos de crisis, cuando el paro aumenta y para conseguir un puesto de trabajo se demandan títulos y experiencia laboral contrastada, los maestros y, sobre todo, los padres, tienden a presionar más a sus alumnos y a sus hijos. Sin embargo, cuando el crecimiento económico es boyante y parece haber trabajo para todos, los valores que se consideran más relevantes son la imaginación, la creatividad, la autonomía… y se tiende a practicar una educación más permisiva. Nunca fue más popular la educación antiautoritaria que en los años sesenta y setenta del siglo pasado, cuando el crecimiento económico parecía una ley de la naturaleza.


[...]Los hijos son como los barcos y que el lugar más seguro para ellos es el puerto, pero debemos insistir en que no están hechos para ello, sino para enfrentarse con garantías de éxito a los peligros del mar.

Todo niño iene derecho a saber que ser disciplinado es con frecuencia más importante que ser meramente inteligente. La inteligencia caótica suele perderse en su propio laberinto, mientras que la inteligencia discreta pero metódica e insistente, con frecuencia, como la tortuga del cuento, llega a la meta antes que la liebre.

Dice un proverbio japonés que «tarde o temprano la disciplina vencerá a la inteligencia».

Me atrevo a añadir que sólo las personas disciplinadas son realmente libres. Los indisciplinados son arrastrados por sus estados de ánimo y por el desorden que suele acompañarlos.

Hay muchas cosas que el niño no puede ver debido a su falta de experiencia, pero todo adulto ha experimentado alguna vez el dolor de su falta de disciplina y ha descubierto que la disciplina es siempre el suplemento imprescindible del éxito duradero (el éxito coyuntural y efímero puede deberse al azar).

Saber que el pusilánime nunca encuentra tiempo para hacer lo que ya debiera haber hecho... por eso más temprano que tarde se da cuenta de que por hacer lo que ha querido, no ha querido lo que ha hecho, y aparece el remordimiento, que es el disgusto ante una imagen vergonzosa y débil de nosotros mismos.

Quizá una buena manera de hacerle entender a un hijo la importancia del pundonor sea procrastinar con él: «Mañana, hijo, mañana, vuelve a pedírmelo mañana», y a ver qué pasa. R

Sobre la lectura:
Ahora bien, así como existe el fast food, existe el fast book, que es la literatura que entretiene, pero no alimenta. El libro que alimenta siempre nos pone alguna zancadilla, obligándonos a rumiar alguna idea.

Tercero, si careces de una biblioteca personal, no puedes considerarte un hombre libre.

Cuarto, la lectura te pone en contacto con las grandes mentes del pasado y te permite ponerlas a dialogar entre sí. R

Con su permiso, me voy a poner un poco sentimental. Benjamin Carson es director de neurocirugía pediátrica en el Centro Infantil Johns Hopkins. Su madre era una empleada doméstica que se dio cuenta de que la gente de éxito pasa mucho más tiempo leyendo que mirando la televisión. Así que decidió que sus hijos sólo verían tres programas semanales y que en su tiempo libre leerían libros de la biblioteca pública. Al acabar de leerlos, tenían que entregarle un comentario por escrito, que revisaba en silencio con gran interés, subrayando alguna palabra o poniendo alguna marca en los márgenes. Años más tarde, Benjamin Carson descubrió que su madre no sabía leer.


Posiblemente los padres perfectos saben cómo conseguir que sus hijos hagan lo que consideran que deben hacer sin necesidad de pedírselo, pero los padres imperfectos asumimos que entre nuestros deberes se encuentra el de dar la tabarra.



He subrayado muchísimo, acabo de darme cuanta al formatear tantas y tantas citas del libro. Pero lo merece. Como puede verse es un libro tranquilo, que explica algunas cosas y opina en otras, que se preocupa por los padres a la vez que por los hijos, aunque el libro está dedicado a los padres. Muy interesante y muy entretenido. ( )
  Remocpi | Apr 22, 2020 |
[Reseña del editor] Por fin un libro que nos anima a decir: «Basta ya. Soy un padre imperfecto y estoy orgulloso de serlo».
Ser padres hoy se ha convertido en una realidad tan compleja que parece difícil dar con las claves para conseguir su buen desarrollo. Pero, antes de perder el norte, empecemos por el principio: no hay familias perfectas, y este libro ha nacido para reivindicar esa imperfección.
En una época de confusión y sobreprotección, Gregorio Luri se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío».
Este libro va dirigido a quienes tienen asumido ?o a quienes les iría bien asumir? que son «moderadamente imperfectos». Gregorio Luri quiere animar a estos padres no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana, en el desayuno, se presenten ante sus hijos con la cara descubierta como unos padres orgullosamente imperfectos. Un breve manifiesto para encontrar las claves del éxito de esas familias «defectuosas » que toca defender. ( )
  rebecanr | Dec 27, 2018 |
Ser padres hoy se ha convertido en una realidad tan compleja que parece difícil dar con las claves para conseguir su buen desarrollo. Pero, antes de perder el norte, empecemos por el principio: no hay familias perfectas, y este libro ha nacido para reivindicar esa imperfección.

En una época de confusión y sobreprotección, Gregorio Luri se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío».

Este libro va dirigido a quienes tienen asumido −o a quienes les iría bien asumir− que son «moderadamente imperfectos». Gregorio Luri quiere animar a estos padres no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana, en el desayuno, se presenten ante sus hijos con la cara descubierta como unos padres orgullosamente imperfectos. Un breve manifiesto para encontrar las claves del éxito de esas familias «defectuosas » que toca defender.
  bibliotecayamaguchi | Apr 5, 2018 |
Ser padres hoy se ha convertido en una realidad tan compleja que parece difícil dar con las claves para conseguir su buen desarrollo. Pero, antes de perder el norte, empecemos por el principio: no hay familias perfectas, y este libro ha nacido para reivindicar esa imperfección.

En una época de confusión y sobreprotección, Gregorio Luri se atreve a decir alto y claro lo que cada vez parece menos evidente: que un hijo tiene derecho a saber que ser disciplinado es más importante que ser meramente inteligente; que más grave que equivocarse, es no aprender nada de la equivocación; que se puede disponer de mucha información y ser un ignorante; que está muy bien de vez en cuando oír la palabra «no»; y que es imprescindible aprender las cuatro palabras mágicas: «por favor», «gracias », «perdón» y «confío».

Este libro va dirigido a quienes tienen asumido−o a quienes les iría bien asumir−que son «moderadamente imperfectos». Gregorio Luri quiere animar a estos padres no sólo a no arrepentirse de ser lo que son, sino a que cada mañana, en el desayuno, se presenten ante sus hijos con la cara descubierta como unos padres imperfectos.
  bcacultart | Feb 19, 2018 |
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